En un rincón oscuro de un almacén, entre bolsas de flores de CBD y básculas de gramo con más desgaste que la paciencia de un funcionario, un señor con el ceño fruncido llamado Don Trocolo y una señora con el pelo como el fuego de una parrillada argentina a la que llaman Doña Mandanga se enfrentaban a un dilema.
— “Mire usté, Doña Mandanga, aquí tenemos un problemón” — dijo Don Trocolo, un tipo curtido en el arte de vender cosas que no parecen lo que son.
Doña Mandanga, una mujer con más calle que un taxista de turno doble, levantó una ceja mientras revisaba el fondo de la gran bolsa de cogollos.
— “¿Y qué quiere que haga yo, Trocolo? Esto es pura ruina. No podemos meter estos minúsculos despojos en las bolsitas elegantes. La gente quiere flores hermosas, no un puñado de virutas como si estuvieran comprando serrín con terpenos.”
Trocolo, rascándose la barbilla con aire de genio incomprendido, exhaló fuerte.
— “Doña Mandanga, usté y yo sabemos que en este negocio, todo tiene una segunda oportunidad.
Doña Mandanga se quedó pensativa con la lucidez de quien ha visto demasiadas cosas raras en la vida, chasqueó los dedos cual bruja novata…
— “¡Listo! No lo llamamos ‘sobras’, ni ‘residuos’, ni ‘esto es lo que quedó en el fondo’. No. Lo llamamos Trim de CBD Suena profesional, como si lo hubiéramos hecho a propósito.”
Los dos se miraron. Un silencio cómplice. Luego, una carcajada.
Días después, el Trim de CBD apareció en la tienda con su propia bolsa, su propia etiqueta y hasta una breve descripción que decía algo así como:
«Para los que saben lo que importa. Sin florituras, sin tonterías. Sólo CBD.»
Y así, una vez más, Don Trocolo y Doña Mandanga convirtieron lo que parecía un problema en una nueva fuente de ingresos.
Porque en este mundo, lo único que se desperdicia… es el tiempo.



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